sábado, 9 de enero de 2010

La aldea de los enanos

Una vez librado Ancelot de las cadenas opresivas del malvado Akron y el príncipe oscuro Dargor, los heraldos junto a los enanos, los reyes de la Santa Alianza, los elfos y los bárbaros nórdicos se unieron todos en una fiesta en Lork, el pueblo enano, donde la celebración tomo el control de todos. Todos excepto quizá Aresius y el Guerrero Sin Nombre, quienes algunos pensamientos no les dejaban disfrutar de la alegría.

El vino de los enanos, los bailes y la fiesta lograron evocar los sueños de Rose, donde ella junto a Arwald interpretaban una danza de fuego y viento. Eric, rey de Elnor, también disfrutaba de la compañía de Rose mientras probaba las bebidas enanas. Los dragones investigaban cuidadosamente las costumbres enanas, tan únicas y sin embargo tan prontas a extenderse a las otras razas invisiblemente.

Finalmente Aresius habla seriamente con Sin Nombre y le susurra que tiene noticias de gran rigor que debe discutir con los demás. Crombie, junto con los guerreros de Ancelot, han sido secuestrados bajo las garras del rey oscuro Akron, quien va con su ejército por las Tierras de los Dragones. Teme revelar esta información a la Santa Alianza, quienes podrían ordenar un ataque directo en territorio hostil, lo que diezmaría los ejércitos aliados.

Los heraldos no saben guardar el secreto por mucho, y su comportamiento en las festividades llaman la atención de los enanos y la Santa Alianza, quienes convocan a una reunión. Quizá el vino enano o los principios de la Corte propiciaron lo que pasó después, pero el hecho es que nuestros heraldos rápidamente divulgaron el secuestro y, como el sabio Aresius había vaticinado, Harold III, el Valiente, ordena un ataque inmediato. No obstante, los heraldos logran convencer a la Santa Alianza de hacer un viaje de exploración primero, a lo que Harold accede, y les da un día.

Arwald está consumido en el alcohol de los enanos, y los demás heraldos toman la decisión de ir junto a Aghata hacia la Tierra de los Dragones. Viajan sobre alas de dragones hacia el desierto del sur, buscando los ejércitos enemigos, pero detienen su paso al observar dos dragones azules volando en su dirección. La voz de Dargor sale a través de sus fauces, y les ordena retroceder. Los heraldos dudan, y finalmente Aghata interpreta una canción para el dragón que lo mantendría distraído para que los demás heraldos escaparan.

Algunas dunas más tarde, bajo el calor del desierto, los heraldos avistan a lo lejos las huestes del terror, pero son entretenidos nuevamente, esta vez por un grupo de sombras que se mueven con presteza por las arenas. El guerrero sin nombre desciende en su dragón para ser derribado de su montura y probar la arena. Las sombras lo cubren por completo dejándolo inconsciente en segundos. Los demás heraldos dudan, pero atacan a las sombras y logran espantarlas y destruirlas. Una sombra escapa a los poderes mentales de Aghata y huye en dirección al ejército malvado, la trovadora la sigue sin tregua y combate con ella al tomar forma física una vez en campo enemigo.

Al mismo tiempo, un kobold azul con una curiosa orbe índigo detiene al resto del grupo, amenazándolos con destruirlos si no huyen inmediatamente. Luego de discutirlo, los heraldos deciden retroceder, dejándole a la mujer de cabello blanco un destino incierto.

En su camino por los cielos de Onira, Rose se encuentra con una criatura de luz, un ángel que, de alguna manera inexplicable para ella, surgido de la Espada Mística en aquél amanecer victorioso, no volvió a su tierra celestial. Esta epifanía le habla a Rose y le comunica la horrible noticia de la que ella ya está consciente, sus amigos fueron capturados por el enemigo. Loriel, el ángel, ofrece su ayuda inocente y Rose, acepta ayudarle a encajar en este mundo tan diferente.

Aresius también vuela, aunque un tanto errático, por los cielos para encontrarse con los heraldos y hacer algún plan. Ciertamente la Tierra de los Dragones es inhóspita para los aliados y no desean iniciar un combate allí. Pero podrían intentar una alianza con los dragones metálicos y, como Aresius sugiere, ir a la casa de Dargor mientras él no está, y conocer un poco más sobre sus enemigos y donde se refugian.

Aresius se teletransporta salvajemente hacia la Corte Unseelie en búsqueda del heraldo errante, Baru Epicus, quien disfruta un sombrío ritual nupcial. Le insiste que se una al grupo y los ayude a sobrevivir en su lucha contra las huestes oscuras. El guerrero del hielo accede, y al segundo, su cuerpo se encuentra en la Montaña Negra, hogar de Dargor, el Príncipe de las Sombras.

Por mientras, Rose va por Arwald, a quien no encuentra en las mejores condiciones junto a Eric. El príncipe de Ancelot decide ir con los heraldos y se aferra a un pequeño recipiente que recibió terminada la guerra, que según dijo Aghata, contiene las lágrimas de un ángel.

El guerrero nórdico desata su ira súbitamente contra el Guerrero sin Nombre, quien acepta a un combate honorable, para desatar nudos del pasado. El ángel Loriel no sabe interpretar lo que sucede, ni siquiera con la ayuda de Rose, pero el combate transpira sin ninguna fatalidad. Y tras limpiarse la suciedad y la sangre, los corazones de ambos guerreros están un poco más en paz con la tierra y los dioses que les dieron vida.

Escalan la Montaña Negra y encuentran el castillo de Dargor, adornado por cientos de horrendas gárgolas y rodeado por muertos que se rehúsan a estar en sus tumbas. Una de las gárgolas defiende las puertas y amenaza con robarles la vida y el alma. Pero los heraldos tienen un aliado más. Esta vez, el cielo está con ellos.
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