sábado, 26 de diciembre de 2009

La Oscura Torre del Abismo

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Arte por Ark

Arwald, Rose y Sin Nombre avanzaron por la estepa tenebrosa del infierno para llegar a la Espada Esmeralda. Combatieron cuerpos moribundos que desafiaban a la naturaleza, los restos de los últimos héroes que lograron acercarse a la legendaria espada. La lucha fue extenuante y se vieron en la obligación de llamar a su amigo Tharos, quien llegó para llevarlos sobre sus alas por los oscuros horizontes hacia la retorcida torre del abismo, donde encontrarían la espada mítica.

La llama eterna revivió las energías de Arwald, el valor de Rose y la esperanza de Sin Nombre en su viaje. Una parvada de demonios alados montados sobre esqueletos demoniacos les bloqueó el paso, al tiempo que hordas de muertos viventes salían descontrolados de las 7 puertas de la torre. En un viaje estrepitoso, el dragón dorado les condujo hasta el sexto piso de la edificación donde con magia Oniriense los personajes se propulsaron hacia adentro de la torre.

Los heraldos debieron resistir la tentación de los tesoros dentro de aquella localidad, pues el tiempo apremiaba y las hordas de nomuertos los acechaban. Utilizando un mecanismo mágico construido en la habitación, avanzaron al séptimo, octavo y noveno piso para encontrar 3 partes de la Espada Legendaria. Pero cada uno de los heraldos tuvo que enfrentarse al Guardián del Tiempo y el Espacio, al que Sin Nombre reconoció como un aspecto de Demogorgón, un príncipe del Abismo.

Con la hermosa Espada Esmeralda brillando en sus manos, los heraldos montaron nuevamente a Tharos y volaron fuera de la Tierra de los Inmortales, junto con Daedalus el golem y Aerak el dragón de cobre. Aún no hay signo del paradero de Baru.

En Onira nuevamente, y en el tiempo presente, los heraldos conocen al hijo del Gran Tharos, quien promete acompañarlos a la guerra santa contra las fuerzas oscuras de Akron. Tharos debe despedirse, esta vez para siempre, pues las heridas que sostuvo durante la batalla contra los demonios alados del abismo le causarían su muerte, y no podía entretener a los heraldos en su gesta por la salvación de Onira.

Adiós, amigo, adiós...
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