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Los cuervos también sienten emociones



Los humanos hemos tratado por mucho tiempo de diferenciarnos de otros animales basándonos en características que hemos percibido como únicas, tales como la fabricación y el uso de herramientas, hacer planes para el futuro y la aparente capacidad “humana” de la empatía. Pero una por una, se ha descubierto que estas características “exclusivas” en los humanos también están presentes en otros animales. Por ejemplo, varias investigaciones pasadas han demostrado que compartimos la fabricación y utilización de herramientas con nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los bonobos. Debido a que tenemos un ancestro evolutivo común, esto no es una gran sorpresa. Pero cuando un animal muy distanciado evolutivamente, como lo es el cuervo de Nueva Caledonia, Corvus moneduloides, demuestra que él también es capaz de fabricar herramientas y utilizarlas, los biólogos evolutivos examinaron la situación más de cerca. Como si esto no fuera suficiente, nuevamente otra característica “exclusiva” en los humanos se pone en tela de duda por nuevas investigaciones que han logrado documentar algo que muchos observadores de aves ya sabían desde hace años: que los cuervos parecen consolar a sus amigos luego de un conflicto agresivo con un compañero de la bandada.
Simpatía por los demás
Esto es interesante porque para que un observador –un miembro de la bandada en este caso—consuele a la víctima de un conflicto agresivo, primero tiene que reconocer que la víctima está angustiada y luego debe actuar apropiadamente para aliviar su angustia, lo que supone un comportamiento complejo que requiere sensibilidad ante las necesidades emocionales de los demás—un rasgo anteriormente atribuido solamente a los seres humanos. Indudablemente, luego de que se afirmara que solamente los humanos poseían esta habilidad, varias investigaciones han encontrado que nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los bonobos también “consuelan” a las víctimas de un conflicto, pero nunca habían puesto atención a especies más distanciadas.
Como muchos observadores de aves podrán saber, hay muchas aves bastante sociales y muy inteligentes, dos rasgos que podrían considerarse requisitos para la empatía. A pesar de que se conoce muy poco sobre la empatía en las aves, hay evidencia interesante que indica que sí existe. Por ejemplo, un estudio reciente del ganso común, Anser anser, descubrió que los miembros de la bandada que observaban un conflicto que involucraba a su pareja o algún miembro de la familia experimentaban un ritmo cardíaco acelerado (indicando angustia)—consistente con una respuesta empática. Otro estudio, esta vez, de los grajos, Corvus frugilegus, muestra que los miembros de una pareja de apareamiento presentan comportamientos afectivos luego de presenciar un conflicto, lo que sugiere que los individuos con pareja podrían estar consolando a su pareja cuando ésta tiene algún problema.
Esta evidencia es ciertamente intrigante, ¿pero qué sucede cuando las aves jóvenes aún no han formado una pareja? ¿Forman “amistades” empáticas? Para contestar esta pregunta, un grupo de investigadores de la Universidad de Vienna, Orlaith Fraser, un investigador postdoctoral y su coautor, Thomas Bugnyar, un profesor colega, decidieron investigar más a fondo. Eligieron estudiar al cuervo común, Corvus corax. Como el grajo, el cuervo común es otro miembro típico de la familia de los córvidos pues presentan relaciones sociales complejas y duraderas, y su astucia e inteligencia son legendarias—características asociadas con la capacidad para mostrar empatía. Además, los cuervos son aves grandes que no se aparean hasta que llegan a los 3 a 10 años de edad, por lo que son la opción predilecta para realizar estudios de comportamientos sociales complejos en las aves.

La investigación de los doctores Fraser y Bugnyar

Para realizar este estudio, los doctores Fraser y Bugnyar tomaron 13 polluelos de cuervo común de cuatro nidos (dos de nidos en zoológicos y dos de nidos salvajes) y los criaron a mano. Tras emplumar, las jóvenes aves se colocaron juntas en un aviario amplio externo en la Estación de Investigación Konrad Lorenz en Austria acompañados por un cuervo macho adulto y una hembra, ninguno relacionado con las aves criadas a mano. El aviario se hizo de tal forma que luciera lo más natural posible, e incluía árboles y otras plantas, troncos y ramas, lagunas y piedras, y se les proporcionaba a los cuervos bastante comida y agua. (Lamentablemente, la “naturalidad” de este aislamiento también provocó la muerte de dos de las aves más jóvenes al ser asesinadas por depredadores durante el curso del estudio).
Los doctores Fraser y Bugnyar iniciaron su estudio documentando la frecuencia de comportamientos afectivos en estas aves, utilizando un protocolo estándar desarrollado para investigación en primates. Los investigadores observaron las secuelas de 152 riñas entre los cuervos jóvenes durante un periodo de 23 meses y registraron las identidades del agresor, la víctima y los observadores (miembros de la bandada que estaban en la cercanía del conflicto) así como la intensidad del conflicto (las persecuciones y los ataques se consideraron como de “alta intensidad” mientras que las huidas forzadas se consideraron de “baja intensidad”). Todos los comportamientos afectivos (o “de consuelo”)—cuando un ave se sentaba a la par de la otra, se acicalaban o había un contacto pico con pico, o pico con cuerpo entre la víctima del conflicto y otro miembro de la bandada—se registraban durante los siguientes 10 minutos tras cada conflicto. Estos periodos post-conflicto (PC) se comparaban luego con un periodo de control (MC) para el mismo cuervo víctima en el día más próximo posible y se comparaban la frecuencia y naturaleza de las interacciones afectivas que ocurrieron en esos periodos (Figura 1):

Figura 1. Demostración de afecto en observadores y solicitud de afecto de observadores en cuervos. La distribución de frecuencias de latencia en la primera interacción afectiva post-conflicto dirigida de un observador a la víctima del conflicto (A) y dirigida de la víctima al observador (B) en periodos post-conflicto (PC; círculos negros) y la comparación con periodos de control (MC; círculos blancos).
Sorprendentemente, estos datos nos revelan que los miembros de la bandada fueron 2.5 veces más propensos a mostrar afecto a la víctima de un conflicto sin que la víctima lo solicitara primero. Esto ocurrió más frecuentemente entre los miembros de la bandada que tenían algún parentesco, pero ocurría también en gran medida entre aves sin ninguna relación entre ellas.
¿El comportamiento afectivo no solicitado protegía  a la víctima de alguna manera? En realidad, no: la agresión subsecuente era igualmente propensa en estas situaciones (Figura 2):

Figura 2. La interdependencia del afecto solicitado por un observador y la agresión subsecuente entre previos rivales en cuervos.
Conclusiones de la investigación
Hay varias cosas interesantes que señalar aquí: primero, que las víctimas de agresión no redirigían su propia agresión hacia otros individuos en su grupo social. De manera que dar afecto a la víctima de un conflicto no presentaba ningún riesgo especial para los otros miembros de la bandada. Segundo, debido a que la agresión subsecuente era menos propensa a ocurrir mientras el comportamiento afectivo se daba, los perdedores del conflicto tendían a solicitar afecto activamente a sus compañeros de la bandada.
Curiosamente, los doctores Fraser y Bugnyar descubrieron que a pesar de que la víctima generalmente estaba bajo riesgo de una nueva agresión del mismo atacante en el periodo inmediato post-conflicto, también descubrieron que la víctima y el agresor a veces presentaban comportamientos afectivos entre ellos. Sin embargo este descubrimiento fue estadísticamente débil y por ende fue descartado como un evento fortuito más que una estrategia deliberada para aliviar la tensión.
Los doctores Fraser y Bugnyar también investigaron los parentescos genéticos entre las víctimas y los miembros de las bandadas que se involucraban en comportamientos afectivos y descubrieron que había una relación (Figura 3):

Figura 3. La calidad de las relaciones observador-agresor y observador-víctima en cuervos. Los resultados de análisis de LMM comparando componentes (valor, compatibilidad y seguridad) de las relaciones del observador con el agresor y la víctima cuando se presenta una conducta afectiva post-conflicto de un observador hacia la víctima del conflicto.
Básicamente, los comportamientos afectivos ocurrieron más frecuentemente cuando un miembro de la bandada tenía un vínculo social con el cuervo víctima que con el agresor. Además, el equipo observó una propensión creciente de afecto no solicitado por parte de observadores tras conflictos más intensos (cuando la víctima era más propensa a sufrir angustia). Esta tendencia no se mostró en los comportamientos afectivos solicitados con conflictos de mayor intensidad.
“Los descubrimientos de este estudio representan un paso importante en cuanto a la comprensión de cómo los cuervos manejan sus relaciones sociales y equilibran los costos de la vida grupal”, escriben los doctores Fraser y Bugnyar. “Además, sugieren que los cuervos podrían ser receptivos ante las necesidades emocionales de los demás”.
¿Qué significa esta investigación cuando se coloca en un contexto (evolutivo) más amplio?
Como mencioné anteriormente, los humanos han intentado por mucho tiempo buscar las características que nos separan de otros animales, sin embargo estas mismas características, como lo son el uso de herramientas, se han descubierto en parientes cercanos. Por supuesto, el compartir algunos rasgos con otros primates grandes tiene lógica ya que compartimos un ancestro común que posiblemente poseía  estos mismos rasgos.
Pero de la misma manera que los cuervos fabricantes de herramientas de Nueva Caledonia, estas fascinantes aves han desconcertado a este mundo simplista nuevamente porque comparten muchos rasgos “especiales” con los humanos a pesar del hecho de no tener un parentesco cercano con los mamíferos del todo; en cambio, las aves son versiones modernas de los dinosaurios. Las aves representan una novedad evolutiva de una rama de los reptiles antiguos mientras que los mamíferos somos una derivación de una rama diferente del mismo clado. Dado que los reptiles no fabrican o usan herramientas, hacen planes para el futuro o expresan comportamientos afectivos, ni poseen ninguna otra característica “exclusiva” de los humanos, esto plantea interrogantes importantes con respecto a la “dificultad” de evolucionar un comportamiento social aparentemente complejo, como lo es el consuelo y la empatía. ¿O es la “empatía” simplemente una parte de lo que compone el vínculo de pareja a largo plazo en un animal social?

Original en inglés: Distressed Ravens Show That Empathy Is For The Birds, Too.
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