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Aerak y los cuatro ladrones


—¿Sabes cuál es tu problema, Aerak?
—¿Nigsht Svirgorsolathtiresh?
—Pareces demasiado un dragón.
—¡Ivgisj darastrix!
—Es cierto, lo eres, pero cuando tienes forma humana debes lucir como humano, vestir como humano, ¡hablar como humano!
—Estoy vestido como humano, Svir…
—No, Aerak. Nadie usa armaduras de bronce.
—Me gusta el color.
—Y los humanos no tienen crestas en el cabello.
—¿Tú qué sabes?
—¿Y qué es eso, son garras?
—Venían con la armadura, es para proteger mis delicadas manos—explica Aerak mientras lame una de sus extremidades superiores.
—Los humanos no hacen eso.
—Hablas raro, amigo humano—dice Aerak guiñando su único ojo funcional.
—¿Qué les puedo servir, caballeros?
—¿Que tal una deliciosa mesera para empezar?
—Me sonroja, señor.
—Mi nombre es Aerak, encantado de conocerla—dice él mientras lame la mano de la mesera.
—Ya basta, Aerak. Dos cervezas, por favor.
—Y un aliento de dragón para mí—agrega Aerak mientras Svir voltea los ojos.
—¿Puedes por favor dejar de tratar a los demás como si fueran comida?
—Pero lo son. Estamos literalmente rodeados de comida. ¡Mira a tu alrededor!
—Nunca dijiste eso sobre Arwald.
—Es diferente, Arwald era mi amigo. Además era mitad elfo. No me gusta comer mitad elfos.
—Piensa que ellos son como Arwald.
—Nadie es como Arwald, Svir. Nadie.
—Está bien. Imagina que son dragones disfrazados entonces, como nosotros, ¿te parece? Trátalos como si fueran dragones. Es importante para la misión. ¿Quieres recuperar lo que te robaron o no?
—Está bien, está bien…
—Por cierto...—dice Svir señalando con los ojos hacia la barra, ante lo cual Aerak se levanta de la mesa y se dirige en dicha dirección.
—Ja ja ja, miren esta armadura compañeros—dice uno de los clientes de la taberna sentado en la barra mientras le da golpecitos a la hombrera de cobre como si se tratara de una puerta.
Aerak sujeta la extremidad del hombre apartándola de su coraza metálica. Al instante, los tres compañeros del bravucón se levantan de sus asientos con el pecho levantado. Svir, aún en la pequeña mesa redonda lejos de la barra, coloca una mano sobre la daga que lleva en el cinto mientras observa con atención.
—Hecha con escamas de un dragón de bronce. Yo mismo las recolecté.
Aerak sabe que es una mentira arriesgada, mandó a hacer esa armadura con un herrero local quien recolectó el metal fundiendo monedas de cobre; sería incapaz de hacerle daño a otro dragón de su misma especie.
—Si vienes a Copo de Nieve por el tesoro de la montaña, has llegado muy tarde.
—Escuché que unos ladrones muy hábiles lo robaron—dice Aerak—sin siquiera despertar a los dragones, si es que hay dragones en esa caverna del todo.
—Los dragones de Copo de Nieve son tan reales como tú y yo.
—Si eso es cierto debe haber un tesoro más grande allí dentro y estoy dispuesto a ir a retirarlo si encuentro a un grupo que carezca de cobardía.
—Ja ja ja, gracias pero no gracias—dice el bravucón con su mirada fija en el ojo tuerto de Aerak—. No nos interesa matar dragones, sólo robar sus tesoros.
Aerak libera el brazo del hombre y marcha de vuelta a su mesa.

—Esperen, creo que escucho algo...—anuncia uno de los ladrones en la oscuridad de la caverna.
—¿Es un dragón?—pregunta el segundo.
—No, parece que es nuestro amigo el de la armadura de bronce.
—¡Qué demonios está haciendo aquí! Echará a perder toda nuestra operación.
El líder de los cuatro borra con su pie el mapa escueto que había trazado en el suelo.
—Síganme—les ordena el ladrón yendo en dirección a Aerak.
—¡Alto ahí!
Aerak detiene su marcha y se voltea lentamente.
—Dame una sola razón por la que no tengamos que matarte y sacarte de nuestro camino en este momento.
—Conozco la ubicación del resto del tesoro—contesta Aerak.
Esta vez no está mintiendo. Aerak guía a los ladrones a través de su propia caverna por senderos ocultos y repisas resbalosas hasta llegar a la bóveda secreta donde yace dormido un enorme dragón de escamas doradas resplandecientes.
El líder de los cuatro ladrones entra en la bóveda y se dedica a vaciarla de sus monedas de oro, gemas y objetos de valor, pasando cada artículo de mano en mano, de ladrón a ladrón, hasta llegar por último a Aerak quien lleva la mercancía afuera de la caverna.
El tesoro es abundante y pesado, los cuatro ladrones salen de la caverna con las manos llenas y tanto cuanto puedan cargar. Aerak, el más fuerte de los cinco, carga la mayor cantidad de tesoro.
Cobijados bajo la fría oscuridad de la noche, Aerak y los cuatro ladrones rodean la montaña de Copo de Nieve, saliéndose del camino y llegando finalmente hasta un blanco fiordo escondido donde los espera un bote. Una tirolesa desciende estrepitosamente desde la repisa del acantilado hasta la pequeña embarcación por medio de la cual los ladrones cargan la mercancía una a una deslizándola por la cuerda. Aerak ayuda a cargar su propio tesoro, despidiéndose en silencio de cada joya y cada gema mientras lo hace.
Una vez cargado todo el tesoro en la embarcación, los ladrones bajan ágilmente uno a uno por la tirolesa, no sin antes agradecerle a Aerak su ayuda con el pago de veinte monedas de cobre. Aerak toma las monedas en su puño fuertemente y les da la espalda sin decir una palabra. Los ladrones observan a la fornida figura desaparecer entre la nieve y los arbustos. El bote rebosante de tesoro empieza lentamente a alejarse de la costa al ritmo de los remos.
El sol empieza a ponerse. Los ladrones toman un breve descanso mientras su bote flota sobre el calmo mar. El cielo y el agua forman una sola pintura roja indivisible y en el cielo se avista una figura metálica alada que refleja destellos de luz.
—¡Capitán!
—¿Qué sucede?
El ladrón se queda sin palabras y, con la boca abierta de par en par, se limita a señalar hacia el ocaso.
—¡Todos a los remos!
Los ladrones reman a toda velocidad pero sus intentos por superar la velocidad del vuelo de un dragón enfurecido son fútiles. La sombra de la bestia sume toda la embarcación en la oscuridad. Los ladrones dejan sus remos y se lanzan al agua; todos excepto el líder, cuya yugular yace estrangulada entre las broncíneas garras del monstruo alado.
—¿Dónde está?—parecen vociferar las fauces del dragón con un rugido metálico.
El ladrón mete una mano en su bolsillo y produce un guantelete de acero forjado con el sello real de Ristvana. Una pieza de armadura histórica que sólo pudo ser utilizada por la más alta nobleza… por Arwald, príncipe de Ristvana, amigo de los dragones y quien murió valientemente en combate.
El ladrón es arrojado al mar mientras Aerak contempla el tesoro que ha recuperado entre sus garras de bronce. Una lágrima brillante recorre su mejilla.
—Jamás volveré a perderte, amigo.

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