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Juan Santamaría



Hoy es el día de nuestro héroe nacional, a propósito de eso, dejo esta imagen de cómo se vería Santamaría en un comic (sería cool), y un artículo titulado...

¿Existió Juan Santamaría? por Luko Hilje

¡Claro que sí! De eso no cabe la más leve duda, y la mejor evidencia es su fe de bautismo, la cual dice así, textualmente: "En la St.a Ig.a Parroql. de la C. de S. Juan Nep.o de la Alaj.a, a veintinueve de agosto de mil ochocientos treintaiuno. -Yo el Presb.o C. José Ant.o Oream.o Thte. de Cura de este Benef.o Bapticé solemte. a Juan M.a h. de Man.a Gayego, nació hoy, mad.a la C. Micaela Jiménez, a quien advertí su oblgn. y parentc.o espiritual y lo firmo - por ausente y como Cura, Gabriel Padilla.- Al margen: Juan M.a de p.n.c.".

Consignada aquí como "Man.a Gayego" o Manuela Gallego, su madre también era conocida como Manuela Carvajal alias Santamaría. Ella permanecería en el total anonimato, por supuesto, en su doble condición de madre soltera y de pobre entre los pobres hasta que, en las palabras del poeta Alfonso Chase, "clara como el milagro de un árbol de flores rojas, / estalladas / en una tarde de abril", emergería a la historia desde el puño incendiario y bravío de su heroico hijo.

Cuentan que Juan laboró como ayudante de albañil, peón, boyero, encalador de casas y tamborilero. De él diría el capitán Víctor Guardia: "Yo conocía a Juan Santamaría como a mis manos. […] Santamaría era tambor en el cuartel y ya desde entonces se le daba el mote de el Erizo. Cien veces me bañé con él y otros granujas en los ríos que corren en las cercanías de aquella ciudad". Su último oficio consta en un documento de 1854 sobre la conformación del regimiento militar de Alajuela, en el cual, además de los sargentos y soldados, se enumeran los miembros de la banda y, entre ellos, a los "tambores medianos" Manuel Cascante, Agapito Valverde, Nieves Álvarez, Juan Méndez, Saturnino González, Juan Alfaro y Juan Santa María.

Por eso, cuando sobrevino la invasión filibustera jefeada por William Walker, con 25 años de edad él marchó hacia el frente de batalla como un combatiente más, solo que animando a las tropas con su alegre tambor y esa picardía proverbial de los alajuelenses. En palabras del Dr. Andrés Sáenz Llorente: "Por las señas que me dieron de Juan Santamaría, creo haberlo conocido en la travesía de Puntarenas al [río] Bebedero, que hice con tropas de Alajuela mandadas por D. Juan Alfaro Ruiz. Tengo idea de que era un mulatito muy jovial, a quien embromaban mucho sus compañeros y al que curé en Bagaces de una ligera enfermedad". Quizás por eso, más que en el gesto altivo y solemne eternizado en su estatua de bronce en Alajuela, prefiero imaginarlo como el díscolo y fogoso muchacho mulato de pelo erizo y ensortijado, vivo en la cálida imagen que de él trazara el extinto Hugo Díaz.

Sí, fue un combatiente más, pero diferente. Porque, cuando aquella tarde del 11 de abril de 1856 el Estado Mayor de nuestro ejército dio la orden de incendiar el mesón de Guerra, su muerte era casi segura ante el nutrido fuego filibustero, como sucedió a los dos que lo antecedieron (Luis Pacheco Bertora seriamente herido de tres balazos, y Joaquín Rosales muerto en el acto). Es decir, Juan no dudó en inmolarse por su patria. Tan solo pidió que, por favor, cuidaran de su madre sola.

Y, sin haber buscado gloria alguna, caería en esa calle de Rivas tras cumplir su riesgosa tarea. Años después don Víctor Guardia diría: "Más tarde presencié el acto heroico de Juan Santamaría. Lo vi desprenderse del cuartel de Corrales con una tea, atravesar la calle y aplicarla al alero de la esquina sudoeste del mesón. Regresó sano y salvo. A poco lo vi salir de nuevo y hacer lo mismo; pero esta vez, al retirarse, cayó hacia media calle. […] Tanto en los días inmediatos a la batalla, como en la retirada del ejército, el nombre del héroe alajuelense estaba en todas las bocas". Asimismo, el Dr. Sáenz Llorente, afirmaría que: "En cuanto a la acción heroica de Juan Santamaría, que según parece se ha querido poner en duda, la tengo por absolutamente cierta, aunque no la presencié ni podría presenciarla desde el punto en que me hallaba; pero el hecho fue público y notorio y desde el día siguiente al del 11 de abril, oí hablar del soldado de Alajuela que había incendiado el Mesón".

A estos testimonios, de testigos de excepción muy respetables, se sumarían los de numerosos combatientes, ante el cuestionamiento del prominente abogado y político guatemalteco Lorenzo Montúfar, entonces residente en Costa Rica. En su libro Walker en Centroamérica (p. 243), él señala que "tampoco se habla en los partes [de guerra] de Juan Santamaría, a quien se atribuye haber incendiado el mesón de Guerra. Puede asegurarse que en los días posteriores a la acción de Rivas, no se hablaba de él, aunque se repetían los actos de heroísmo de otros combatientes".

No obstante, debe anotarse que una queja generalizada de los historiadores ha sido que los informes de guerra fueron escasos y más bien escuetos, con grandes omisiones. Tan es así, que el propio don Juanito Mora, en su informe de la batalla de ese día, aludió a la quema del mesón de manera apenas pasajera, así: "Los nuestros habían incendiado un ángulo del Mesón de Guerra y el fuego iba flanqueando o encerrando ya a los enemigos". Además, debe remarcarse que dicha acción, aunque importante y simbólica, fue apenas una entre tantas numerosas muestras de heroicidad de ese día.

Cabe resaltar, sin embargo, que el mismo Montúfar reconoció que, en casos como el incendio del mesón, la disyuntiva para el portador de la antorcha era "tener por recompensa una gloriosa muerte" o ser fusilado por negarse a acatar una orden superior y terminante, pero que ese día los altos mandos más bien consultaron, preguntando: "¿Quién quiere sacrificarse yendo a quemar el mesón?", ante lo cual un joven alajuelense (¿Santamaría?) respondió lacónicamente: "Yo".

En síntesis… como que sí y como que no. Pero la confusión y la polémica se acrecentarían cuando en el Libro de defunciones de la Campaña Nacional el capellán Francisco Calvo consignaría que: "En la Campaña y de camino de Nicaragua a Costa Rica, de la epidemia del cólera, murió el soldado Juan Santamaría, soltero, de Alajuela; se le dio sepultura y para que conste lo firmo".

En mi opinión, que Santamaría saliera ileso era muy poco probable, pues quienes lo antecedieron en su tarea fueron abatidos. Además, como es lógico suponer, la fusilería filibustera estaba focalizada en la protección de la esquina suroeste del mesón y, si él hubiera resultado herido, su nombre habría aparecido en la detallada lista preparada por el Dr. Karl Hoffmann poco después de la batalla; al igual que Rosales, su ausencia en dicha lista sugiere que murió al quemar el mesón. Y, aunque la evidencia aportada por el cura Calvo parece contundente por citar su nombre, algunos historiadores consideran que en su documento hubo obvias omisiones, incluso de bulto, que le restan confiabilidad.

Por fortuna, en años recientes el historiador Rafael Ángel Méndez localizó un documento de la Secretaría de Guerra en el que se cita a un Juan Santamaría como muerto en abril-mayo de 1856, y en dicha lista aparecen varios nombres de soldados que, sin duda alguna, cayeron en combate el 11 de abril, lo cual sugiere fuertemente que a él le ocurrió lo mismo. Asimismo, año y medio después de la batalla de Rivas (en noviembre de 1857) doña Manuela reclamaría una pensión de guerra, la cual le fue otorgada por un monto de ocho pesos, consignándose a favor de "Manuela Sta. María, por su h. Juan Sta. María. Alajuela". Esta sería aprobada de manera casi inmediata, lo cual sugiere que las autoridades gubernamentales conocían de sobra acerca de la heroica acción de su hijo.

Pero, dígase lo que se diga, es seguro que, más que inmovilizado en esa estatua que nos evoca su valeroso e inmortal acto, Juan pervivirá en nosotros en cuanto seamos consecuentes en la defensa de la patria, alumbrándonos con su tea liberadora los caminos que faltan por recorrer para conquistar nuestra auténtica independencia. Porque, sí, ¡de veras que aún quedan muchos mesones por quemar!

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